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CAMPAMENTO DECEMBRINO

Por: José Luis Figueroa Hernández

  





Los adolescentes siempre han buscado actividades excitantes para su diversión, que estén separadas y sean distintas de las que han realizado los adultos de la generación precedente, y una actividad fue realizar excursiones a la sierra cercana y escapar de la tutela de los padres; sentirse libres y hacer lo que se quiera sin que nadie les diga nada.
Así, un grupo de siete amigos, compañeros de la escuela, organizaron un paseo de tres días y dos noches durante el mes de diciembre que ofrece un reto mayor para dormir a la intemperie y recibir el frío invernal. Como requisitos, cada quien llevaría su comida y un poquito más para convidar: latas de pescado y chiles, carne seca, chorizo, huevos, jitomates, cebollas, chiles verdes, sal y tortillas, agua potable, café y azúcar; se sortearon comal, un par de ollas, cacerolas y cucharotas; y todos llevarían su taza, plato, cuchara, tenedor, servilleta, papel de baño y cuchillo de monte o el cebollero. Otro requisito indispensable era que cada quien debería llevar una botella de tequila de medio litro “porque de noche y de madrugada sólo el tequila quita el frío que cala hasta los huesos”.
El 14 de diciembre a las siete de la mañana se reunieron en los “filtros viejos”, de Morelia, y emprendieron la caminata en ascenso hacia Pico azul. Era un grupo estrafalario, sin ropajes apropiados para la excursión, sólo vestían doble muda de ropa, chamarra, sombrero, bufanda, calcetas y sus zapatos comunes ¡no había de otra!
Desayunaron tortas de huevo con frijoles, durante la travesía, descansaron de vez en cuando, y luego de caminar varias horas los alcanzó la tarde y, hambrientos, buscaron un paraje adecuado para “levantar un campamento” donde guarecerse del frío, cocinar y esperar la noche. Organizados y sorteados, unos cortaron ramas de pino, las apoyaron por su tronco sobre el piso y recargaron unas sobre otras, entrecruzadas; se removió el güinumo del piso para evitar animales peligrosos, piedras y guijarros; luego lo reacomodaron para el “colchón” donde dormir; otros, frente al “albergue” dispusieron la fogata, quitaron todo lo inflamable en un círculo de tres metros de diámetro y al centro hicieron un fogón circular, con piedras grandes y boludas; otros apilaron leña suficiente; y otros prepararon la comida del día.
La faena les hizo sudar, algunos osaron quitarse una muda de ropa, únicamente para volvérsela a poner media hora después. Comieron en armonía, entre bromas y camaradería, en tanto oscureció y el fogón-cocina cedió lugar a la fogata. Recogieron en bolsas de papel la basura y la enterraron en un sitio ex profeso; y otro lo dedicaron para sanitario.
La oscuridad tempranera por las altas copas de los pinos se vio acrecentada en toda su magnitud y el frío arreciaba; los siete amigos se tendieron boca arriba y pudieron contemplar el cielo salpicado por “sin cuenta” estrellas, las cuales no se ven desde la ciudad pues las ocultan las luces callejeras. De pronto vieron cruzar algunas estrellas fugaces por el firmamento y especularon: serán aerolitos, serán trozos de planetas destruidos o serán naves interplanetarias que nos seleccionaron para que las veamos aunque sea a la distancia. Pasaron varias horas en contemplación de la bóveda celeste, sus almas juveniles se extasiaban ante la grandeza del universo y se compungían ante la pequeñez del individuo y de su existencia. Algunos hasta se durmieron y roncaron ante la quietud y tranquilidad del ambiente, pero pronto despertaron tiritando de frío; se acercaron a la fogata, exponiendo la parte más fría de su cuerpo sólo para retirarse acalorados unos minutos después, y como pollos rostizados pasaron la noche girando su cuerpo alrededor de la fogata; nadie ocupó el albergue ni sus camas de güinumo. De vez en cuando alguien pedía un trago de tequila para ahuyentar el frío, hasta que éste se terminó sin lograr calentar de todo al cuerpo. Y alguien exclamó: ¡Quiero mi cama, quiero mi casa! ¡Mami! y todos festejaron a carcajadas la broma entre veras.

 



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