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Los morelianos, y los turistas por ende, tenemos la oportunidad de pasar gratas mañanas dominicales en este bello jardín, uno de los más antiguos y emblemáticos de la ciudad, seguramente muchos de los personajes históricos que habitaron la otrora Valladolid, respiraron el aire fresco y puro, filtrado por los añejos árboles que brindan su fronda a los visitantes. Es un lugar en donde conviven lo más granado del quehacer artístico y cultural de Morelia con la gente que somos común y corriente.
Todos lo conocemos como el Jardín de las Rosas, debido a que se encuentra enfrente del templo dedicado a Santa Rosa María -mejor conocida como Santa Rosa de Lima- y su convento anexo que fue edificado por las monjas catarinas, ocupado ahora por el Conservatorio de las Rosas, semillero de grandes músicos y casa de los famosos Niños Cantores de Morelia. El nombre oficial del jardín es “Luis González Gutiérrez”, quien fue periodista y maestro nicolaita sobresaliente, al que arrebataron la vida por su pensamiento avanzado y por la libre expresión de sus ideales en tiempos del porfiriato.
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Allí, es la sede del grupo de artistas plásticos llamado Jardín del Arte de las Rosas, que cada domingo nos proporcionan la oportunidad de admirar su trabajo y nos facilitan el encargo de alguna obra pictórica o escultural. Se puede además, saborear una aromática taza de café o disfrutar alguno de los desayunos que ofrecen las tres cafeterías ubicadas en la calle cerrada al lado sur del jardín.
Si se desea y se tiene un poco de talento artístico, uno puede convertirse en discípulo de alguno de los maestros pintores que amable y pacientemente enseñan sus técnicas y secretos del oficio, sin costo alguno, como se dice comúnmente por puro amor al arte. Se puede también dar grasa al calzado, con los boleros que ya son parte del paisaje del jardín---
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desde hace años y que se ganan así, de manera honesta y servicial, el pan de cada día para sus familias, pudiendo -sin costo adicional- dar una leída rápida a alguno de los diversos periódicos que tienen para que los clientes se ilustren mientras le lustran los zapatos.
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O simplemente sentarse en las bancas de cantera bajo la sombra de los árboles centenarios a charlar con la pareja, con los amigos, con algún artista o con los visitantes, ver el revolotear de las palomas, escuchar las canciones de todos los géneros de los improvisados músicos, relajarse al ver escurrir el agua por las canteras de su legendaria fuente, todo esto mientras un grupo de comedidos lavacoches le dan una manita de gato al automóvil.
¡Qué suerte tenemos los morelianos de tener un lugar como el Jardín del Arte las Rosas!
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