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15 de Agosto en Santa María

José Luis Figueroa Hernández

 

   Una de las fiestas más grandes dentro del Santoral de la Religión Católica es el onomástico de la Madre de Dios, de Cristo y por tanto de todos los cristianos. Quién sabe desde cuando en la Tenencia Santa María de Guido del municipio de Morelia, Michoacán, se erigió un templo dedicado a la Santa Patrona de aquel lugar. Y es costumbre que se celebre su día el 15 de Agosto de cada año, festividad que se inicia con la Misa de Gallo y las tradicionales mañanitas, tocadas y cantadas por los feligreses tempraneros habitantes del poblado. Más tarde, durante el transcurso del día, hay misas programadas para que los visitantes de lugares cercanos como Jesús del Monte y de Morelia principalmente, puedan asistir a escuchar y participar de la liturgia.


Para los habitantes de Morelia, adultos y niños, ese día revestía de una importancia particular, ya que se acostumbraba hacer un paseo familiar, año con año, mientras que los hijos estaban aún bajo la férula de sus padres, es decir desde pequeñitos hasta la temprana adolescencia, ya que después, entre los 17 y 18 años de edad ya los hijos preferían no acompañar a sus padres, aduciendo compromisos escolares o de trabajo.

 

El atractivo principal para los niños consistía en que habría un paseo, una caminata, a veces desde su hogar, otras a partir de la Plazuela de Carrillo, sobre la circunvalación de la ciudad, y recorriendo a pie todo el trayecto de la Calzada Juárez y, años más adelante, cuando los camiones de pasajeros del servicio urbano empezaron a hacer el recorrido a través de la Calzada Juárez, desde la misma Casa de Cristal; en cualquier caso subíamos caminando hacia el cerro, esforzándonos por trepar la empinada cuesta de la vereda sobre la cantera pelada, que por aquel entonces había formado la erosión de la tierra debido al escurrimiento de agua durante cientos de años, y al llegar a los “filtros del agua potable” de la ciudad de Morelia, había un gran espacio libre, un terreno amplio con escalinatas naturales, pues en toda esa zona, debajo de una delgada capa de tierra, se encuentra una sólida base de cantera rosa; pasada la cuesta se llegaba al centro de Santa María, al mero kiosco, donde ya se encontraban los juegos mecánicos, los conjuntos de músicos variados, solistas, tríos, ranchero, tipo norteño y hasta mariachis; luego llegaba uno al frente del templo donde había cientos de vendedores de golosinas, comida, refrescos, cervezas y pulque, el neutle u octli que era uno de los atractivos principales para la mayoría de los adultos, más de los varones, por supuesto. Entrábamos al templo, si se coincidía con el desarrollo de una misa, esperábamos a que terminara para salir de ella, después que el Padre diera la bendición, si no había misa nos santiguábamos, coreábamos con mi madre algunas oraciones y salíamos apresurados para regresar a la calle principal y seguir el recorrido, ahora en descenso, hacia el arroyo, con cierta premura pues teníamos la esperanza (con mi madre Esperanza) de encontrar un granjeno libre donde protegernos del radiante e intenso sol del mes de agosto.

 

Los diversos utensilios propios del paseo se repartían entre todos los miembros de la familia, el padre cargaba lo más pesado, la mamá cargaba a su hijo más pequeño y los hijos mayores ayudábamos cargando las bolsas y canastas con los alimentos, el recipiente del agua o los refrescos, el o los paraguas y algún impermeable, el lazo para hacer un columpio o simplemente para jugar a saltar la cuerda; desde luego que llevábamos una pelota o balón de fútbol y el mantel de tela de color blanco, con figuras bordadas a mano por mi madre, en ese tipo de costura llamado punto de cruz, con hilos de colores intensos que hacían hermoso contraste con el blanco de la tela recién almidonada, que resaltaba a los rayos del sol y luego de escogido un lugar bajo la sombra raquítica de los nobles granjenos, se colocaba sobre el pasto verde; cuando uno extendía su vista sobre la zona más concurrida del paseo, es decir en ambas márgenes del arrollo de Santa María, ésta parecía un gran tablero de ajedrez, con cuadros blancos pequeños y cuadros verdes grandes o bien parecía un gran tapete de colores verde y café, por las zonas de tierra colorada sin pasto, salpicado de blancos copos de nieve o de albas nubes que bajaban a descansar sobre la frescura del pasto, que por las lluvias había crecido cubriendo la tierra.

 


 

Luego de escogido el sitio y la sombra, y como ésta giraría al moverse el sol, mientras los padres se encargaban de los preparativos de la comida, los niños y niñas nos quitábamos la ropa y los zapatos sólo para dejar ver nuestros modestos trajes de baño, pantaloncillo corto para los niños y además una camiseta para las niñas. Y rápido corríamos hacia el arroyo para meternos a “nadar” en el agua más o menos clara y tranquila con poca corriente, que casi siempre estaba tibia por el efecto del sol, y de buena claridad, debido al remanso que había tenido tal vez como mínimo desde el día anterior, unas 24 horas. ¡Qué divertido era juguetear chapoteando en sus aguas, caminar recorriendo su lecho en busca de pececillos o de tortuguitas o simplemente jugando a la roña entre hermanos y molestar a las hermanas para hacerlas lloriquear ante los padres: “¡míralo mamá, me está mojando, me echó agua en la cara y me arden los ojos!”.


Sí, la loma de Santa María era posesión de todos, el arroyo era casi exclusivo de los niños, raro era ver que un adulto se metiera a bañar en el arroyo, y digo bañar porque algunas mujeres entradas en años, sí se bañaban realmente con jabón y estropajo, vistiendo un gran fondo de tela de manta, con el enojo consiguiente de los padres de los niños que se encontraban nadando corriente abajo.
La recomendación de todas las madres de familia era la de bañarse temprano para después de una o dos horas de chapuzones salir del arroyo, quitarse el traje mojado y luego vestirse rápidamente para evitar los enfriamientos, pues como en toda loma las corrientes de aire eran más intensas, e ir a comer antes de que llegase el agua del cielo.

 

 

Todo moreliano sabía, o por lo menos lo sabía por aquellos tiempos, que llovería el 15 de agosto y casi siempre sería una lluvia intensa y prolongada, o por lo menos un chaparrón. Hubo ocasiones en que por haber llegado al filo de las dos o tres de la tarde y ante la insistencia de meternos a nadar, un par de horas después, nos llovió estando dentro del arroyo y, ante un descuido de nuestros padres, la crecida del arroyo nos sorprendió dentro de sus aguas ahora charandosas lo cual resultaba divertido, pero era muy peligroso ya que la intensidad de la corriente lograba arrastrar a los niños más pequeños, con el susto de ellos pero más de sus padres que, sin importarles la lluvia ni su intensidad, prestos corrían a rescatar a sus hijos de las aguas; una vez fue tan intensa la crecida que el agua se llevó nuestras medallitas de la Virgen del Rayo o de María Auxiliadora y mojó nuestras ropas y zapatos que habíamos dejado sobre una piedra cercana al arroyo.


Como quiera que fuese, adultos y niños íbamos con la certeza de que sería un día de agua y lodo, agua en el arroyo y agua que caería del cielo por la tarde, formando lodo que deberíamos de pisar y agua que siempre nos mojaría al caminar de regreso a casa, cansados pero felices, sólo para llegar a cambiar las ropas húmedas por la seca y calientita pijama de franela y luego de una frugal cena, caer como soldado de plomo en la cama para dormir de inmediato como troncos y soñar con el paseo de Santa María del año venidero…

 

 

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