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Por: José Luis Figueroa Hernández

 

izquierda a derecha, borras todo el pizarrón. Sacudes el borrador y te diriges hacia el escritorio. Si lo prefieres, puedes pedir a uno de tus alumnos que pase a borrar el pizarrón, para lo que es necesario te aprendas los apellidos de los más destacados por latosos, y con energía dices: “Compañero Zutano, pase a borrar el pizarrón por favor”. Sin embargo, corres el riesgo de que al pasar, saque su pañuelo y te arremede cubriéndose la boca y la nariz; cuando a mí me sucedió, le dije: “Compañero Zutano, no me arremede”, a lo que el baquetón me contestó: “Si no le arremedo profesor, lo que pasa es que a mi también me hace daño el polvo”.
                En cualquier caso, sacas de nuevo la franela y vuelves a limpiar la silla y el escritorio y guardas la franela. Ahora sacas la lista de los alumnos y tus notas, te sientas y con toda calma empiezas a pasar lista de asistencia, desde luego por riguroso orden alfabético, con mucha claridad y lentitud, para que los alumnos te escuchen perfectamente. Recorres desde la A hasta la Z los cerca de cuarenta alumnos de que consta tu grupo, leyendo cada uno de sus nombres más o menos así (muy pausado):
“A m a d o r      d e l     T  o  r  o      V  a  q  u  e  r  o”
                Y volteas a verlo para identificarlo, porque los muchachos son muy tramposos y a veces contestan unos por otros, y cuando estás convencido que en realidad el nombre corresponde al estudiante que contestó, vuelves tu vista hacia la lista y con firmeza y suavidad dibujas un hermoso punto de asistencia o una senda raya vertical de ausencia. Así, con mucha agudeza recorres la lista de tus alumnos hasta terminar.             Después, tomas tus notas y te diriges al pizarrón; empiezas a escribir algunos párrafos con letra clara y grande para que los alumnos alcancen a verlas. Luego de los primeros dos renglones, te vuelves hacia los alumnos y los invitas a que copien lo que está escrito en el pizarrón. Después de cada párrafo colocas una llamada, mediante un asterisco o mediante numeración progresiva. Al terminar te diriges a tu silla, te acomodas en ella y esperas pacientemente a que los alumnos terminen de copiar.
                Luego de un tiempo prudente preguntas a los alumnos en voz alta y pausada “¿ya terminaron?” y ante su respuesta afirmativa, coges tus notas y ahora les dices que tomen dictado acerca del tema que abordarás. Luego, a la voz de “EN LA LLAMADA UNO PUEDEN PONER”, empiezas a leer con claridad, despacio porque de lo contrario, al no escucharte ni darles tiempo suficiente para que anoten, te van a interrumpir a cada rato. Hasta aquí, hace 45 minutos que empecé a narrarte estos “desconsejos”, luego mi dictado continúa otros diez minutos y termina la clase para que los cansados (y más aburridos) alumnos descansen antes de ir a la siguiente clase.
                Uno de los comensales festejó a carcajadas la anécdota. El narrador inquirió, “¿Qué, qué te pasa, por qué te causa tanta hilaridad?” La respuesta lo dejó perplejo:
                “Todo lo que usted acaba de describir es absolutamente real, yo fui alumno del mentado profesor”.

Sólo para Nicolaitas

En la vida universitaria suceden hechos tan absurdos que parecerían irreales. Sin embargo, lo siguiente es un suceso real, de esos que han estancado la actividad docente y, peor aún, sufrir un retroceso. Cierto día, en una amena charla familiar al disfrutar la sobremesa, después de una riquísima comida, uno de los comensales, profesor universitario jubilado, narraba con entusiasmo y jocosidad la siguiente anécdota:
                Uno de mis amigos, profesor en la Universidad de Michigan (según Rius), tratando de ayudarme (¡Deformarme, distorsionarme y evitar con ello mi desarrollo!), me daba los siguientes desconsejos para el acto docente, todo con la idea de consumir tiempo.
                En primer lugar, debes comprar un portafolio de dos hojas; es decir, que se pueda abrir sobre el escritorio. Al llegar al salón, saludas con toda educación y amabilidad a los alumnos: “B u e n o s     d í a s . . .” y ellos te contestarán a coro:  “B u e n o s     d í a s     p r o f e s o r” . Enseguida, con paso firme, pausado y cadencioso, te diriges hacia el escritorio, sacas la silla y la mueves hacia un lado, colocas tu portafolios sobre la mesa, sacas una franela con la que limpias primero la silla y enseguida el escritorio, sacudes la franela, la doblas y la vuelves a colocar en su lugar correspondiente en el portafolios.                 Acto seguido, sacas tu pañuelo, lo colocas sobre tu boca y nariz, para evitar aspirar el polvo, coges el borrador y con un sistema parsimonioso, de arriba hacia abajo y de


 
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