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El Pintor y Escultor Juan Vázquez Salazar, abrió las puertas de su estudio para platicar con él y conocer más sobre su vida y su vasta obra.

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Juan Vázquez Salazar nació el 6 de febrero de 1968 en el ya desaparecido Sanatorio del Sagrado Corazón de Jesús, en Morelia; pero fue registrado en San Luis Potosí, en virtud de que sus padres son oriundos de aquel estado. Su papá Mariano Vázquez Silos (q.e.p.d), vino a esta ciudad a estudiar la carrera de Medicina en la U.M.S.N.H. acompañado de su madre María Silvina Salazar Nájera. Su intención era regresar a la tierra natal, una vez que él concluyera sus estudios, pero, a este matrimonio les pasó lo que a tantos visitantes de Morelia; su gente, su historia, su arquitectura, sus costumbres y su clima; los cautivaron y decidieron establecerse aquí, para que sus hijos crecieran y se formaran como morelianos. Tuvieron seis hijos: Mariano, Juan, Jesús, María, Pedro y Amada, la mayoría de ellos con un talento artístico innato.
Fue su hermano mayor Mariano, quien inició en el gusto por el arte a Juan, con su ejemplo y habilidad para el dibujo, además de su creatividad y gran responsabilidad en las tareas encomendadas. Recuerda que en el Colegio Primaria “Atenógenes Silva” (ubicado en el hoy anexo del Templo de la Visitación), su hermano era el encargado de mantener actualizado el periódico mural y Juan siempre le ayudaba, además entraban a los concursos locales y estatales de dibujo y su hermano mayor siempre obtenía el primer lugar y Juan el segundo.
Al concluir la Primaria, ingresa a la Secundaria “Valladolid”, es ahí donde conoce al maestro Eugenio Altamirano Gamiño, quien fue su maestro de Educación Artística, quien al ver las grandes aptitudes que Juan tenía para el dibujo, le aconsejó que estudiara formalmente la carrera de Artes Plásticas. Pero Juan tuvo que cambiar de escuela secundaria por decisión de su familia, a una más cercana al lugar donde vivía, fue así que dejó “el Valla”, para irse a cursar el segundo y tercer grado de Secundaria en la Escuela Técnica Industrial (conocida entonces como ETI 60, hoy EST #3).
Ingresa a estudiar el Bachillerato de Ingeniería y Arquitectura en el histórico Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en la Universidad Michoacana. Se encuentra otra vez con el maestro Altamirano -por cierto, recientemente jubilado como académico en dicho colegio-, que seguía viendo cualidades potenciales en aquel joven y le insistía en que estudiara para ser un profesional de las artes plásticas.
Juan Vázquez tenía otros planes, pretendió ingresar a la entonces Escuela de Arquitectura (hoy Facultad) de la mencionada Universidad Michoacana, pero no pudo entrar por la saturación de la matrícula, así que tuvo que esperar un año para volver a intentar el ingreso. En ese año sabático forzoso, hizo un curso de contabilidad en una institución privada e ingresó a la Escuela Popular de Bellas Artes de la propia universidad nicolaita, siguiendo el ejemplo de su hermano, quien estudiaba arquitectura y era alumno también en la EPBA. Fue así que el destino lo encaminó hacia su verdadera vocación: ser artista plástico, tal y como lo había vislumbrado años atrás su maestro Eugenio Altamirano. Confiesa Juan: “Me animé a ingresar a la escuela de bellas artes sin estar muy convencido, pero fui descubriendo poco a poco el mundo del arte y me fui adentrando más y más, hasta que me atrapó”.
Dejó a un lado la idea de estudiar arquitectura y empezó a aplicarse en su carrera como artista plástico. Cuando cursaba el tercer año, a finales de los años 80s, se dio un intercambio intenso entre la EPBA con grandes maestros de la Escuela Nacional de Artes Plásticas dependiente de la UNAM, él siempre participaba en los cursos y talleres que venían a impartir a Morelia y también asistió a varios de ellos a la Ciudad de México. Conoció y aprendió con muchos de ellos, entre los que recuerda están: Juan Manuel Salazar, Luis Nishizawa, Daniel Manzano, Pedro Ascencio, Gilberto Aceves, José Luis Cuevas, por mencionar algunos. Aprendió diversas técnicas, así como las soluciones de los colores y tonos que ahora aplica a su obra.
Al concluir los cinco años del curso en la Escuela de Bellas Artes, no se conformó con ello, su vida ha sido de un aprendizaje constante, razón por la cual domina casi todas las técnicas usuales -y las no tanto- de las artes plásticas: óleo, acuarela, pastel, escultura en bronce, cerámica y barro, grabado en madera y metal, escultura de cemento, murales, mosaicos, arenas y recientemente está perfeccionando su trabajo con alebrijes, imprimiendo su sello muy particular al darles un acabado tipo laca de Uruapan, a diferencia de los realizados en Oaxaca y en el Estado de México.
Es integrante del “Jardín del Arte de las Rosas”, en el cual participó primero como alumno del acuarelista Luis Paredes, que utilizaba una paleta clásica y con él aprendió a pintar de una manera más fuerte, más libre más expresiva, dice Juan: “se puede hacer más, sin ver las cosas como son, sino buscarle otro sentido con el color”. A partir de 1994 se une al colectivo artístico por invitación del maestro Eugenio Altamirano. No está por demás decir, que ha participado en un sinfín de exposiciones individuales y colectivas, ha ganado premios y reconocimientos en Morelia, en Michoacán y a nivel Regional. Cada domingo los morelianos y turistas tienen la oportunidad de admirar una muestra del trabajo de Juan Vázquez Salazar y poder conversar con él, quien amablemente explica sobre sus obras expuestas.
Finalmente el artista hace un reclamo a las autoridades encargadas de apoyar a los creadores de todos los géneros, sobre todo a los nuevos valores, por el poco interés y la burocracia en que están inmersos. En el caso de su gremio, dice que en vez de abrir más espacios para exponer las obras, los están cerrando; están adquiriendo obra para incrementar el acervo gubernamental bajo criterios difíciles de entender y a veces hasta absurdos. Muchas veces los empresarios morelianos amantes del arte, hacen más por los artistas; comprando sus pinturas y esculturas, y permitiéndoles exponer en cafeterías, hoteles, restaurantes y otros espacios privados. ¿Qué ironía no?
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