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Publicación de promoción cultural para Morelia, Michoacán, México
Editorial Casa donde vivieron los padres de Morelos El Rincón de la inspiración
Para leer de Alberto Suárez
Jueves de Corpus Reapertura del Colegio de San Nicolás ¡Epidemia!
Personajes en dos dimensiones El Truculento Profesor Retardín Tocando el balón
 

Por: Miguel Zamora Ángeles

 

En Morelia, allá por los años cincuentas y sesentas, esta fiesta se vivía con gran devoción y algarabía, se acostumbraba regalar y pedir corpus. -¿Qué me vas a regalar de corpus? Era la expresión típica de niños y adultos, a lo que se contestaba: -“Yo te regalo una mula bien cargada”. Y se obsequiaban unas curiosas mulitas hechas por las manos maravillosas de nuestros artesanos, de diversos materiales como: barro, paja, madera u hojas de elote. En algunos pueblos de Michoacán aún se conserva intacta esta tradición.
                Las mulas en el Jueves de Corpus, tiene su origen en una leyenda que narra la incredulidad de un parroquiano, que ante el paso del Santísimo Sacramento (que es la hostia presentada en la custodia durante la procesión), pensó: -“Si Dios estuviera ahí, hasta mi mula se arrodillaría” y quedó atónito al ver que la mula se arrodillaba al paso de la procesión, reafirmando con ese hecho su Fe, que estaba en decadencia.
                Las mulitas, era sólo algo de lo que se obsequiaba en ese día, la creatividad de los artesanos era -y es- tan basta que el primer cuadro de la ciudad se convertía en un gran tianguis. Se instalaba en los portales: Matamoros (en donde estaba el Cine Colonial), el portal Galeana (donde se ubicaba el Palacio de Justicia) y el portal Aldama (a espaldas de la Catedral) y a lo largo de la calle Allende, desde Abasolo hasta Morelos sur; así como también en el Calle Hidalgo (hoy cerrada de San Agustín).
                Se elaboraban diversos juguetes para obsequiar a los niños: muñecas de cartón; trompos, yoyos y baleros; máscaras de papel moldeado, de aspecto terrible, cómico o fantástico; caballitos con cabeza de cartón y cuerpo de carrizo. Había también unos cascos de cartón llamados “chacos” pintados con brillantes colores, los cuales simulaban tocados militares estilo prusiano, romano, de bombero y de una gran variedad de estilos; y para completar el atuendo había espadas de madera o de hoja de lata. No podían faltar los instrumentos musicales: guitarras y violines en miniatura, sonajas de lámina, flautas de carrizo, silbatos de barro, tambores, matracas, que son algunos de los que recuerdo.
                En esos años, la temporada de lluvias era muy exacta, e irremediablemente ese día caía un aguacero al filo de las cuatro de la tarde, que hacía que todos regresáramos presurosos a nuestros hogares, pero muy contentos con los juguetes que nuestros papás nos habían regalado. Pasada la lluvia, salíamos la chiquillería a la calle a empaparnos en los charcos.
¡Eran realmente días de mucha diversión!

La tradición de los pueblos está ligada casi siempre a la realización de las celebraciones religiosas como son: la Navidad, la Noche de Muertos, la Candelaria, los festejos de los Santos, por mencionar sólo algunas.
                Una de las más arraigadas es la del Jueves de Corpus, que se celebra el último jueves de los tres más solemnes dentro de la liturgia católica que son: el Jueves Santo, el Jueves de la Ascensión y el que nos ocupa, el Jueves de Corpus; que se celebra después de la fiesta de Pentecostés, invariablemente en el mes de junio.
                El término latino es Corpus Cristi o Cuerpo de Cristo, que significa fundamentalmente la humanidad de Cristo representado en la hostia. Él se entrega totalmente en la generosidad y en ese darse o entregarse, renunciando a su divinidad, es en lo que la fiesta ha fincado su tradición.
Desde el tiempo en que esta celebración se instauró el dar o darse a imagen de Cristo, fue lo que originó la costumbre de regalarse mutuamente. En las comunidades purépechas se convirtió en una de las más arraigadas festividades hasta nuestros días.


 
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