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La magnífica ilustración de la portada de este mes de Diciembre, hecha por el Maestro Mizángelo, nos dio la oportunidad de buscar una narración que complementara esta idea y encontramos una, que además de proporcionarnos información sobre los Nacimientos, nos recuerda cómo era a mediados del siglo XX esa tradición muy arraigada en las familias morelianas, ésto, en un afán de rescatar y revivir… lo nuestro.
La escritora y artista Yolanda Sereno Ayala, en su libro “Crónica de Morelia, hace cincuenta años” en el capítulo de Fiestas y Tradiciones, escribe sobre LOS NACIMIENTOS:
“En la recatada y religiosa Morelia, hace medio siglo, no había celebración de la Navidad sin la puesta del Belén o Nacimiento, que proponía como mensaje, la paz y la concordia entre los hombres.
El nacimiento de Cristo como interpretación plástica tuvo inicio en Umbría, Italia en 1223, en que, por primera vez, San Francisco de Asís, tuvo la idea de hacer la representación en vivo. La interpretación del nacimiento era tan conmovedora y bella, que esta costumbre se difundió por toda Europa, sustituyéndose más tarde la escenografía, por figuras de madera e incluso pinturas. Esta tradición llegó a México traída, como tantas otras, por los franciscanos, sólo que llegó para quedarse por siempre.
En esta ciudad colonial, no había casa, por humilde que fuera, en que no se pusiera el "nacimiento". En las residencias de abolengo, la escenografía llegaba a ocupar hasta una habitación entera, o bien, un corredor del patio principal. No sólo se montaba el pasaje bíblico del nacimiento de Cristo, sino diferentes cuadros como: la Anunciación, la matanza de los niños inocentes, la huida a Egipto, Jesús en Nazaret, el niño perdido y hallado en el templo en medio de los doctores; entre otras representaciones con paisajes de Judea y del desierto. Con lo que el nacimiento se convertía en una cátedra de la doctrina cristiana.
Los aristócratas y la clase media alta, poseían nacimientos con finas tallas de madera policromada, heredada de sus antepasados, que por su belleza daban realce a la escena bíblica; había quien poseía figuras de cerería, que eran un encanto, frente a otras del mismo material pero más humildes que, junto con las de barro, representaban el arte popular de la época.
La puesta del nacimiento casero dependía de la creatividad de las gentes que, con tiempo, mandaban hacer a los artistas plásticos decoraciones para los muros, que casi siempre representaban un cielo estrellado, recortado por el horizonte del desierto, palmeras y a lo lejos, una panorámica de las cúpulas de Belén. Por lo general, el "misterio" era colocado en una gruta hecha de papel de peña, o bien, en un portal fingido. Desde el cielo una enorme estrella de diamantina plateada, bajaba con una enorme cauda de "escarcha" hasta el pesebre, donde descansaba el Niño Dios, al lado de sus padres José y María. Al frente se ponían un buey y la mula, que con su aliento -reza la tradición- calentaron el lugar. Afuera de la gruta, estaban los pastores que fueron a adorar al niño, rodeados éstos de borreguitos, descansando en el pasto.
En lo alto de la gruta, un ángel mensajero del cielo sostenía entre sus manos un listón con letras doradas, con la leyenda: Gloria in Excelsis Deo, et in terra pax homninibus bone voluntatis, en latinajos que poca gente entendía. Complementaban el nacimiento paisajes campiranos con ambientación, a los lados de grandes ramas de pino con esferas. A lo lejos, destacaban las míticas figuras de los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltazar, que venían del Oriente, camino a Belén.
En el entorno del barroco nacimiento, estaba presente la campiña michoacana, con sus corrales de vacas, gallinas y polluelos; había ingenuos lagos artificiales, confeccionados con papel plateado y cristal, en que navegaban orgullosos cisnes y patos.
En nacimientos más elaborados se encontraban hasta fantásticas cascadas, cuya agua provenía de un pequeño depósito que caía al río mediante un surtidor oculto. Las casas de rancho o serranas, ocupaban un lugar especial, a la orilla del camino carretero, entre árboles artificiales y magueyes; paisajes que tenían una creatividad sin límites.
En los nacimientos se podía observar, a través de sus imágenes, la fusión de los símbolos, entre la cultura popular mexicana y la tradicional de Arabia”. |