¡Anúnciate con nosotros!   
Publicación de promoción cultural y comercial para Morelia, Michoacán, México
Editorial Exposición Acuarelistas Michoacanos Evocación de Morelia
Cinco poetas,
un solo nombre
Para leer
México acribillado
Las posadas del
Padre Guillermo Ibarrola
Navidad en las montañas
El rincón de la inspiración Presentación de libro
Vademécum gramático-literario
Tocando el balón Diciembre
posadas y añoranza

Diciembre, posadas y añoranza

José Luís Figueroa H.

La vida está hecha de sucesos a los que no damos importancia o sólo relativa en el momento que suceden; algunas veces los provocamos y si son positivos nos satisface, cuando los sucesos son negativos, por fortuitos o accidentales, entonces quisiéramos que jamás hubiesen ocurrido. Y cuando todo pasa, sólo quedan nuestros recuerdos; si fueron cosas negativas jamás las añoramos y el subconsciente ayudado por el consciente, las hecha en el saco del olvido y es raro que uno las recuerde, si bien jamás se les elimina a pesar de que se haya hecho el acto de contrición de perdonar a quien nos causó un malestar, accidental o intencional.
En cambio, con los sucesos positivos sucede todo lo contrario; en general, al avanzar la edad, con el paso del tiempo, el peso de los años vuelve a uno más sentimental, los recuerdos son como los buenos vinos: maduran con la edad y se vuelven añoranzas, no porque no se hayan realizado, sino todo lo contrario; tal vez se añoran porque no se vuelven a repetir o sólo se repiten a medias y con mucha menor intensidad que el suceso real. Por ejemplo, el enamoramiento: ¿Quién que estuvo alguna vez enamorado no siente añoranza? por el amor mismo, por el momento percibido de “caer enamorado”, inclusive cuando el ser humano causante del enamoramiento esté todos los días a nuestro lado, tras muchos años de convivencia cotidiana. ¿Y qué decir de la añoranza de la persona ausente causante del enamoramiento? Entonces la añoranza es mayúscula y muy dolorosa.
¿Y cuál es el sentimiento generado en el alma cuando recordamos a los amigos de juventud perdidos al momento de la diáspora, al terminar, por ejemplo, los cursos de la licenciatura? Seguro duele, ¡verdad! Es añoranza. Y la añoranza dolorosísima sentida cuando recordamos a nuestros familiares muertos, abuelos, tíos, primos, sobrinos, y desde luego, a los padres: la añoranza es intensísima, pesada, tozuda y recurrente, aparece con cada día de cumpleaños o el santo de los padres, y con cualquier recuerdo individual o colectivo de sucesos pasados en la convivencia familiar, por tal o cual paseo, determinado guiso de la madre, los regaños del padre y todos los actos de convivencia con los progenitores.
Y resalta el mes de diciembre, porque en él suelen realizarse festividades propias para enaltecer la reunión familiar, y es cuando se inician Las Posadas, novenario de rezos y salmodias hechos por familiares y amigos cercanos, reunidos además para festejar y disfrutar de ricas frutas frescas de la temporada, de exquisitos ponches morelianos, con su “piquete” para espantar el frío, aflojar la lengua y propiciar la plática y el intercambio de opiniones, y la alegría desbordada de los niños ante el inminente fin del rezo y la cercanía de los aguinaldos, las velitas para hacer travesuras, apagarlas soplando o chamuscar el pelo del niño o niña desagradable, enseguida los cantos sociabilizadores y los aguinaldos de frutas en bolsitas de papel de estraza y dulces en canastitas garigoleadas con papel de china de colores llamativos. Y la máxima alegría, a veces peligrosa, del tronido de la olla de barro de las piñatas al estallar en añicos por un certero y fuerte garrotazo, con el caudal esparcidor de frutas, confites y colaciones.

De manera que la fiesta y la diversión, la tristeza y la añoranza conviven durante toda la existencia del ser humano; sin embargo, felicidad e infelicidad se excluyen mutuamente, uno sabe de la existencia de una por la ausencia de la otra; y bien a bien uno no sabe si durante su existencia tiene más momentos de felicidad -que de seguro es la regla para todo ser humano- y cree que los momentos de infelicidad son mayores porque de la felicidad a veces nos damos cuenta por la presencia de la infelicidad o la desgracia.
Cuando están los seres que amamos, no les damos su lugar preciso, y es cuando se encuentran lejos, por ausencia parcial, que se empieza a dimensionar con añoranza su presencia, y ésta llega a ser máxima, cuando la ausencia es definitiva, sea por deceso natural o por la distancia impuesta por la necesidad de trabajar y residir permanentemente en otras latitudes, a veces se piensa: ¡Voy por lana, a triunfar, me regreso pronto!, y se va la vida y a menudo jamás se regresa al lugar de origen.
dic

Y es en el mes de diciembre cuando más se siente el peso de la añoranza, porque suele ser el tiempo de las vacaciones, en que las clases y aún el trabajo cesan por un par de meses o por unos 15 a 10 días, respectivamente.
En el caso de Morelia, la ciudad universitaria por antonomasia, a la que desde siempre han acudido estudiantes de toda la provincia michoacana, y de parte importante de la provincia del país, sobretodo del Norte, que sin tener sus universidades propias enviaban por hordas, parvadas, catervas o generaciones a sus hijos a estudiar a la casa de Hidalgo y de Morelos, y llevarse los frutos de la cultura, la técnica y la ciencia a sus latitudes; hasta que llegó el momento en que ellos fundaron sus propias Universidades para así no perder a sus hijos, y disfrutarlos en plena adolescencia, que ellos entregaron a la distancia en aras de su formación, y al darse cuenta del dolor y la nostalgia que dejaron en sus padres, ahora como padres no quieren sufrir el doble dolor, la doble pérdida, de que dejaron en su adolescencia y temprana juventud fuera de su casa paterna y desean retener a sus hijos junto a ellos para evitar que ellos sufran el desahije y ellos el “despadre”.
Todos esos grupos de adolescentes, habitantes flotantes, de paso, de nuestra querida ciudad, en la que muchas ocasiones dejaron hijos sin padre, al momento de las vacaciones dejaban la ciudad, regresaban al solar paterno a disfrutar de su familia, de sus amigos de infancia, novias y de la tierra misma, pues ésta llama con fuerza por las improntas que el paisaje deja en el alma de los hombres.
¿Y qué sucedía con los morelianos, nacidos en la vieja Morelia y sin vacaciones reales, como no fuera del dejar de ir a clase, pues siendo oriundos del lugar no se tiene a donde regresar? ¡No faltaba más! Sin embargo, el moreliano regresa al medio del barrio, y en muchos casos los amigos que no tuvieron la fortuna de ir a la universidad, a pesar de ser de aquí, condenados a sufrir de “sed eterna” al no poder abrevar de las límpidas aguas de la cultura que emana de todos los veneros de escuelas y facultades de la universidad, tenían una actitud de rechazo hacia los compañeros estudiantes del barrio, en desquite por el abandono sentido durante los periodos de clase cuando los estudiantes locales se veían necesitados de acompañarse de estudiantes foráneos para estudiar, y con quienes fincaban amistades, acicateada por la convivencia diaria en las aulas de la secundaria San José, de la preparatoria “San Nicolás de Hidalgo” y de las Facultades (a quienes se añoran, pues no se ven desde hace la friolera de 45 años de la Preparatoria); los vecinos, los amigos de infancia, se sienten desplazados por los fuereños, y le cobran la cuota al amigo moreliano estudiante, relegándolo de sus correrías y de la práctica del deporte mismo, y es entonces cuando los estudiantes morelianos nos sentimos como fuereños en nuestra propia ciudad.
Durante el mes de diciembre, está en pleno apogeo el otoño, manifestado por la caída de las hojas de los árboles, sobretodo del fresno mexicano, cuyas caducifolias coronas, se desprenden al cambiar del color verde al café o caqui; los fresnos se desnudan para esperar el invierno, y con su follaje muerto rinden tributo a la tierra para nutrirla en un ciclo perenne, que sólo el hombre ha trastocado. Estos fresnos, enormes, viejos y jóvenes, habitan en casi todos los jardines de nuestra querida ciudad de Morelia, desde el viejo bosque de San Pedro, donde ahora se levanta la estatua ecuestre del mexicano por antonomasia, José María Teclo Morelos y Pavón, pasando por el Bosque Cuauhtémoc, la Calzada, Jardín de Villalongín, Jardín del 47, La Columna, Las Rosas, Plaza de Armas, Carrillo, La Soterraña, El Zacatito, Parque Juárez, La vieja estación del Ferrocarril, entre otros lugares. ¿Y qué moreliano desconoce el crujido de las hojas caídas al ser presionadas por el pie, al caminar hacia o desde los diferentes lugares a que uno acudía?, y si es rumbo a la escuela, se llega a ella sólo para verla desolada, deshabitada, ¿Dónde está aquella multitud de jóvenes que diariamente la abarrotaban?
La añoranza duele pero sirve para traer los recuerdos y revivir los momentos felices que colman el alma de los seres humanos. No en balde se afirma que ¡recordar es vivir! Y este poema vive en un mar de añoranzas:

Hojas del fresno caídas
Juguetes del viento son
Ay, hojas apisonadas
Hijas de la añoranza son


ruano
 

Diseño WEB:

alcomu @ hotmail.com

 
Información de contacto Anúnciate con nosotros DIGITAL WORKS MORELIA
©2008 Digital Works Morelia. Todos los derechos reservados. Morelia, Michoacán, México