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por Carlos Arenas García

Fuente de las Tarascas, en el barrio de Villalongín, lugar en donde se ubica esta narración de Carlos Arenas García, quien fuera cronista de Morelia hasta su fallecimiento, acaecido en enero de 2008.

Cuento Moreliano

 

Carlos Arenas García

Cuento número uno publicado en el folletoSucedió en Morelia, por la Editorial Morelia en el año 1964

   ¿Me podía? No sé. Tal vez mis gruesos pantalones de caqui, mis blusas marineras -corte y confección de unas monjitas- y mis claveteados zapatos de don Polo el de “La Azteca”, al contrastar con el borceguí de mi condiscípulo, su pantalón bombacho, su almidonada pechera y su corbata de moño, me podía.

   Pero no. Creo que no. Mis colegiaturas se mantenían siempre al corriente; al recitar la lección estábamos “a la par con Londres”; en eso de cachetear el balón… bueno, no hay que presumir.

   En fin, no era su atuendo. Acontecía que la palomilla de mi barrio -Villalongín-, la traía contra los “rotitos”. No obstante, a mí me tocaba de buen grado estar con ellos, al momento de las pedradas en contra de los muchachos de “la Benito” que nos quedaban a tiro en el obligado paso al Colegio.

   ¿Me podía? Ya lo dije que no. Pero es el caso que me di a la tarea de molestar a mi condiscípulo Mario. Que esto, que aquello: y el pomo de tinta china, como por descuido, se derramaba en su americana de casimir a cuadros. A la hora del recreo, también en forma casual, caía Mario víctima de una muy bien estudiada zancadilla.

   Todo tiene su límite. Seguramente que también la paciencia. Y, llegado a él, acudimos “a las cinco en punto de la tarde” al callejón de las trompadas, allá por los aledaños del Rastro. Me hice acompañar de mis acólitos para la ceremonia del aplauso. Con desdeño gesto rechacé la navaja que me ofrecía “el pelón” Córdoba. No faltaba más. Mi agilidad, mi valentía, mis puños…

Puños, puños, y más puños. No vi otra cosa. Un molino con mil aspas flagelaba mi cara, mi tórax, mis brazos. Me falló rotundamente mi “second” para arrojar a tiempo la toalla. Yo mismo hube de decretar mi rápida y humillante derrota. Mis acólitos ausentes. Lágrimas, sangre y excreciones fluían por ojos, boca y nariz. Mario se quedó.

   Cuando jadeante, sanguinolento, arrancaba de la próxima esquina un cartel para limpiar mi rostro -Armillita Chico con toros de la acreditada ganadería de Querétaro-, vino mi rival y con actitud caballerosa me guió hasta la cercana llave de agua, lugar en donde me lavó, me sacudió y, hasta hubo de sonarme con su blanco y elegante pañuelo.

   Años después -¿cuántos?- lloré, lloré sinceramente al saber del accidente en que perdiera la vida mi buen amigo Mario. Cómo recordé, entonces, su blanco  y elegante pañuelo.

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